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Un año viajando

Monte Everest

Hace exactamente un año, nos fuimos de “casa” con las mochilas más pequeñas que pudimos, los corazones latiendo muy rápido y las mentes llenas de energía y expectativas. El tiempo ha pasado volando y mientras viajamos a través de Rusia en el tren Transiberiano, nos cuesta creer que ya han pasado 365 días. ¡Hemos vivido a plenitud, aprendido tantas lecciones culturales y humanas! Visitamos 19 países, hicimos amigos increíbles en los lugares más inesperados, hemos comido tanto como nuestros estómagos han podido contener, caminamos por tantas montañas como nuestras rodillas y espaldas no lo han permitido, tomado cientos de fotos de los millones de momentos que sólo nuestras almas pueden capturar para siempre, adoptado algunas palabras de lenguas extranjeras que ahora suenan tan familiares, llorado y sentido dolor por tantas tragedias que le han ocurrido a demasiadas naciones, amado a tantas personas, escrito muchas historias, pensado en tantas cosas…

¡Cuanto más viajamos, más queremos seguir adelante! Los días agotadores se compensan con las sonrisas de niños preciosos de todas las razas donde quiera que vamos, el amor de madres, padres, abuelos, familias de todos los tamaños y religiones. Los días difíciles no son nada comparado con la alegría de compartir algunas señas o palabras con desconocidos en otras partes del mundo. Los momentos que perdemos en “casa” son recompensados ​​con experiencias de vida valiosas que no podríamos vivir en ninguna otra parte. La vida nos premia poniendo gente buena a lo largo de nuestro camino, muchos de ellos nos han dado la mano, su casa, su comida y sus historias de vida. Muchos desconocidos han compartido todo lo que podían con nosotros y nos han enseñado donde reside la riqueza del espíritu. Donde el sentido de humanidad que a veces hemos sentido perdido aún vive. Ellos nos han devuelto las esperanzas cuando ponemos en duda la bondad de nuestra propia especie. Han fortalecido en nosotros el sentido de responsabilidad y pertenencia hacia nuestra madre tierra, una tierra donde las fronteras son ficticias y la idea de ser extranjero es una estrategia para mantenernos separados. Tenemos tantas diferencias y sin embargo tanto en común. Debajo de nuestras barreras nuestros corazones funcionan más o menos de la misma forma. Todos nos esforzamos de la mejor manera que conocemos persiguiendo no otra cosa que la felicidad.

Y cuando miramos atrás, cuando pensamos en las personas que éramos cuando nos fuimos, no podemos negar que seguimos siendo los mismo, pero con más claridad. Nuestros valores se han fortalecido, nuestros sentimientos han florecido con mayor honestidad, nuestros placeres son ahora más simple y nuestras preocupaciones más reales. Apreciamos: que las cosas que nos cuestan menos nos hacen más felices, tal como lo hacíamos antes, pero ahora más que nunca; los momentos en los que hemos trabajado arduamente para lograr nuestros objetivos; las caminatas más largas, los caminos con más obstáculos, los dos pares de pantalones que tenemos e intercambiamos entre si, el olor de una toalla limpia y una buena ducha después de días de suciedad; la incertidumbre del día a día, el no saber en dónde vamos a dormir esta noche, mañana o dentro de un mes.

Cuanto más avanzamos, más hemos aprendido a confiar en nosotros mismos y en el proceso. Nos hemos liberado de las falsas angustias de nuestras preocupaciones banales. Nos hemos cuestionado irracionalmente por el futuro y hemos optado por disfrutar el presente que tenemos. Nos hemos preguntado muchas veces cómo serán nuestras vidas cuando lleguemos al final de este viaje y estamos aprendiendo a dejar que el camino mismo nos señale el destino al que hemos de llegar, porque la vida misma es un viaje desde el momento en que nacemos hasta el momento en que morimos.

A lo largo de este viaje, hemos recogido muchos instantes y recuerdos de felicidad. Muchos olores, sabores y texturas del mundo. Nos hemos visto a nosotros mismos reflejados en la vida y en los rostros de muchas otras personas y hemos visto sus vidas y deseos tan similares a los nuestros. Hemos extrañado a nuestras familias y amigos, y los hemos apreciado más que antes. Nos hemos enamorado el uno del otro con mayor profundidad, discutido menos, reído con más fuerza y cuidado el uno del otro de mejor manera. Hemos estado soñando alto, empujándonos más lejos y cuestionándonos a nosotros mismos con más frecuencia. El mundo se ha convertido en nuestro hogar, el viaje en nuestra vida y la aventura en nuestra fuerza. Durante este viaje nuestras conversaciones han sido más profundas, nuestros prejuicios más bajos y nuestros goces más puros. Nuestros deseos de conocer gente y lugares nuevos son mayores. Viajar es la única adicción que conocemos y la única que ambicionamos mantener. Creemos que el camino seguirá llevándonos donde quiera que sea que debemos ir y que este viaje es la realidad más preciosa que hoy tenemos y la historia más memorable que tendremos para contar y compartir con los demás durante mucho tiempo.

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